MENSAJE n°3 de la INDIGO

REALIDAD…

Esperando ese día…

En la última montaña del pueblo, había un templo de los antiguos tiempos donde vivía un viejito. Ese viejito tenía el pelo blanco y vestimenta de otra época. Cuentan en el pueblo que nunca se movía de su templo. Nadie recordaba su nombre ni la fecha desde cuándo permanecía en ese lugar. El viejito llevaba años en su templo esperando algo, pero nadie sabía qué. Cuentan que lo que esperaba ya no existía, que lo que él esperaba con corazón y ojos de fe y esperanza era de otro tiempo, de otro mundo, de otra galaxia quizás. A pesar de eso, nadie perturbaba al viejito en su locura de esperar lo imposible. Algunos dicen que tenía más de 500 años esperando. Algunos dicen que ni siquiera se acuerda lo que estaba esperando, como perdido en su locura de esperar lo que en su memoria alguna vez existió. Muchas generaciones pasaron y siempre fue la misma historia. Desde el pueblo se podía mirar esa última montaña donde culminaba el templo y el viejito adentro, esperando. El humo que salía a veces de la chimenea del templo indicaba la veracidad de su existencia.

“¿Qué espera el viejito?” siempre preguntaban los niños y las niñas. Y los adultos respondían muchas cosas diferentes. Algunos dicen que la muerte, otros dicen que la vida, otros dicen que el regreso de su amada, otros dicen que espera que la lluvia caiga al revés. Otros afirman que en realidad no esperaba nada, sólo era un guardián de la noche y que más bien eran los pobladores quienes esperaban que la memoria que viene del fondo de la Tierra brote como las primeras flores después del invierno. Y que cuando llegara ese día entonces el viejito saldría de su templo y moriría en silencio. Su muerte alcanzaría el corazón de muchos y muchas en el pueblo y en todos los rincones de la Tierra.

–        ¿Y cuándo llegará ese día? Preguntó un niño que escuchaba con mucha atención.

Los adultos se callaron. Nadie sabía. Habían perdido las cuentas del tiempo por tan ocupados que estaban. Ante el silencio de los mayores, el niño sintió algo en su interior, algo raro, una mezcla entre miedo y sabor a dulce y supo desde aquel día que iba a hallar en las cuentas perdidas del tiempo la fecha en que llegaría ese día. El niño dejó de ir a la escuela y se salió de su casa para penetrar en la Selva Lacandona y vivir ahí un tiempo, el tiempo que fuera necesario para encontrar en el calendario de la Tierra la noche en que llegaría ese día.

Nadie en el pueblo se percató de la desaparición del niño, ni en su familia. El niño se volvió algo como una ausencia, apenas un recuerdo que hizo dudar poco a poco, a los que lo tuvieron cerca, si la existencia de ese niño había sido un sueño o una realidad. En la Selva Lacandona, el niño no se murió de hambre, aprendió a sobrevivir en medio de la selva.  Sabía cazar, dormir en cuevas, en árboles y protegerse de los peligros y hasta se autonombró Subcomandante Insurgente Marcos.  El tiempo pasó y el niño halló una pista que buscaba para encontrar ese día: el silencio. Arropado por ese silencio, encontró entonces un camino que lo llevaría a conocer con precisión la noche en que llegaría ese día. Pasaron meses, años, quizás siglos y llegó el momento en que el niño sentía que la noche en que llegaría ese día estaba muy cerca. Su corazón y las partículas de su cuerpo lo presentían. Era cuestión de semanas, meses, años, siglos, días. Y entonces ya no había temor ni temblor, solo un alivio en su corazón. El niño se sentó en una piedra, lentamente respiró, cerró los ojos y en ese estado de paz, el sonido del latido de su corazón se hizo más fuerte, tan fuerte que alcanzó los oídos del pueblo, de los pueblos de otras regiones, de otros continentes, de otros mundos. Nadie sabía de dónde venían los latidos, pero todos sabían que algo iba a pasar, algo maravilloso. Entonces, la Luna y el Sol acordaron crear más estrellas en el cielo nocturno para que cuando llegue de noche ese día, el cielo sea una bóveda celestial completa para recordar a la Humanidad lo esencial: la Vida.

Firma…La Indigo

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